Dilema existencial
Por Castor López (h)
Hace poco más de un mes tuvimos ocasión de ver horrorizados lo sucedido en la ruta 11 a través del video del accidente publicado en internet por un ciudadano, del cual se hicieron eco todos los medios de comunicación del país.
En aquella oportunidad fuimos testigos, una vez más, del estado de desprotección y falta de controles vergonzante a la que nos encontramos sometidos en las rutas de nuestro país.
Pero además pudimos observar que el desenlace de aquel trágico episodio tuvo como protagonista a una persona que intervino logrando detener a los homicidas que en total estado de ebriedad tripulaban una camioneta Chevrolet C-10 con la que dieron muerte a una persona.
Ya en aquel momento se levantaron voces de ciudadanos indignados con la anarquía reinante en nuestras vías de tránsito terrestre y hasta hubo quienes se animaron a cuestionar la acción tardía de los desafortunados testigos de aquel funesto episodio.
Ahora, hace solo unos días, otro accidente en la localidad bonaerense de Lomas de Zamora abrió definitivamente el debate: ¿es nuestro deber como ciudadanos, y ante la falta de acción de los organismos estatales con responsabilidad en la materia, intervenir ante un eventual episodio que pueda poner en peligro la vida de otros conciudadanos?
Desde el aspecto legal seguro que no. Nuestra constitución nos exime de tomar este tipo de actitudes heroicas en su artículo 19 por el principio de la libertad personal que estipula que “nadie está obligado a hacer lo que la ley no manda, ni privado de lo que ella no prohíbe”.
Por lo que el dilema se circunscribe solo al aspecto moral, que como bien sabemos queda restringido al fuero íntimo de las personas y exento de la autoridad de los magistrados.
En lo que a mi respecta, lo que me motivó a escribir este artículo fue la bronca e indignación que me provocó escuchar de boca de un vecino del adolescente que asesinó a dos personas en este accidente como (con pleno conocimiento de la edad del joven) lo vio sustraerle el vehículo a su abuela remolcándolo por unos metros a los empujones con la ayuda de sus amigos. Sin ni siquiera intentar la más mínima acción para detenerlos o denunciarlos. Tales acciones no comportan actitudes ni “ortivas” ni “buchonas” respectivamente.
Por el contrario, el comportamiento asumido por dicho vecino además de demostrar desinterés, irresponsabilidad y falta de apego a las normas. Evidencia una indiferencia total por la seguridad y bienestar ajenos. Este accionar totalmente disvalioso de un miembro de nuestra sociedad, nos es más que una muestra de lo que somos colectivamente y nos insta a la reflexión y autocrítica.
Como hombre nacido y criado en el interior del país (en la Argentina profunda) sé muy bien que las grandes urbes han sido desde antaño señaladas como reveladoras de esta clase de acciones sumamente individualistas. Pero hoy parecería ser que la problemática ha tomado alcance nacional, lo que torna el asunto más complejo y preocupante.
Pero esta espiral descendente no parece haber alcanzado aún su fondo. Por lo que exige de nosotros un mayor compromiso social que nos ayude a revertirla a través del esfuerzo colectivo cimentado en la inculcación de valores y reglas que hagan posible la convivencia armónica y digna de todos los habitantes de esta Nación.
Es por la vida de estas personas y la de muchas otras en el futuro por las que debemos hacerlo. Estos infortunados jóvenes, que hoy ya no disfrutan del enorme gozo de la vida, nos demandan ser mejores, tanto desde lo particular como desde lo colectivo. Si lo fuéramos, hoy estarían con nosotros.